Una inmensa soledad, que todo lo rodea en el vacío y que es capaz de sofocar es en la que vemos a Roy McBride (Brad Pitt); el espacio con su inmensidad lo abraza en la búsqueda de su padre H. Clifford McBride (Tommy Lee Jones) en la película Ad Astra, del director James Gray.

Esta obra que está ambientada en un futuro en el que la humanidad se lanzó a la búsqueda de vida inteligente, ese deseo de encontrar al «otro», que nos ayude en darle sentido a la vida. El deseo de abrazar a otra especie y no permanecer solitarios en el universo.

La ciencia ficción ayuda a contar una historia más clásica, un hijo que busca reconectar con su padre, que durante toda su vida a seguido los pasos de una imagen, un mito al que la humanidad le debe mucho. Así es como Roy se presenta como un personaje que se ha entrenado para viajar en el espacio (una forma de vincularse con su padre), aunque es consciente de que es sólo una actuación.

En diversas ocasiones nos presentan al personaje de Pitt hablando de sus sentimientos, pero parece que las terapias psicológicas se han superado, pues aunque es capaz de ver sus problemas en las acciones y el sentir del personaje vemos que no es posible superar esto. En un momento en el que se ha popularizado las terapias y no somos más felices, valdría preguntarse ¿Qué nos queda?

Roy McBride se presenta como un hombre perdido en sí mismo, en control, dejándose llevar por a vida, pese a lo inmenso que se torna el espacio vemos encuadres donde él permanece, casi ajeno de lo que le rodea hasta que podría afectarlo. Todo esto cambia cuando llegan altos mandos a darle la oportunidad de encontrar y comunicarse con su padre, poco a poco el director nos muestra cómo toda esta actuación de McBride se derrumba.

Cuando se rompe la carcasa del personaje de Pitt descubrimos el miedo, la furia contenida, el deseo de respuestas, la desesperación por vincularse, de nuevo, a su padre. Durante este viaje vemos cómo la mitología que había creado se vuelve humano.

La figura de H. Clifford McBride es la del gran aventurero, de aquel hombre que fue el primero en llegar a planetas lejanos, todo esto con la ferviente idea de encontrar al otro, a vida inteligente más allá de este universo, por eso es que en una misión se lanza hasta Néptuno, el viejo místico, de la que ya no regresaría.

¿Y qué sucede cuando seres desconocidos se encuentran? Una vez padre e hijo se reencuentran sólo queda el sentimiento de desolación, del abandono. El viaje y los sacrificios resultan ser parte de lo que se construyo, el encontrar a un «otro» ajeno a todos resulta en una tristeza sofocante.

Uno de los personajes logra sobreponerse a esta desolación y hacer un cierre, el otro opta por perderse en el universo, al ver su vida desperdiciada en un «otro» inexistente. La humanidad permanece solitaria en la vastedad.

Un punto para realzar es el contexto de Ad Astra, pues una vez que se deja atrás la Tierra, ciertos problemas terrenales se llevan a nuevos territorios, pero ciertas ideas se reafirman, la idea de Dios que está presente. Personajes que se encomiendan a San Cristobal, el patrono de los viajeros, en un mundo donde la humanidad se ha superado ciertas figuras se refuerzan. 

Sobre El Autor

La nostalgia al papel lo hace leer con esmero todo lo que le caiga en sus manos, adicto a la tradición de hablar demasiado, amante del cotilleo, la tecnología, los comics y las relecturas de su propio espacio. Puedes leer sus irreverencias a través de @IlPalabroEnferm y @LuisGuiSan

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