Existen vidas y territorios en los que pensamos poco, ya sea por la distancia o el ir y venir propio de la vida, uno de esos espacios, sin duda, es la frontera, un paisaje desértico cuya aridez parece acarrear violencias particulares y un problema de identidad al no pertenecer a ningún país, donde incluso el lenguaje se ve transformado como muestra la novela Un vaquero cruza la frontera  en silencio (Literatura Random House, 2017), de Diego Enrique Osorno.

Antes de pasar a la entrevista que tuve con Diego es necesario compartir la sinopsis de su más reciente libro que nos relata la historia de Gerónimo González Garza, quien cruzó la frontera de México con Estados Unidos por primera vez en 1969. Desde entonces y hasta principios de los noventa, cuando finalmente se asentó legalmente en Texas, con su esposa e hijos, llevó una vida nómada. En Estados Unidos encontró oportunidades que nunca tuvo en su país. Y cuya particularidad es que es un sordomudo que nunca aprendió el lenguaje de señas.

El breve contexto, nos muestra una de las principales viscitudes del protagonista: el ser sordomudo. Al conversar en torno al lenguaje de esta comunidad, que el autor aborda desde las primeras páginas al ofrecernos el abecedario completo de esta lengua y en el que cada capítulo introduce los números del lenguaje de señas.

Para Diego era una cuestión importante el abordar no sólo las letras expresadas con las manos, sino comunicar, de manera escrita, como es que este grupo tiene una peculiar narrativa, ya que usa, con predominancia el sustantivo, un acercamiento más directo al “habla”. “Cuando los sordomudos hacen el lenguaje de señas no usan muchos pronombres, ni artículos. Usa palabras más directas como “casa, “abuela, madre”.

En ese sentido, indica que este libro está influenciado por el paisaje del monte, un espacio que convierte su escritura en algo seco, más puntual y árida. Estos elementos lo ayudaron a transformar su obra en algo conciso, pues para él un libro que abordara el silencio y fuera un mamotreto sería una “pésima broma”.

La experimentación con el lenguaje se suman al desierto y el tema de los vaqueros para mostrar ciertas reminiscencias a Bolaño, con sus Detectives Salvajes y el Gaucho Insufrible, de lo que nos dice “me delato desde el principio con los epígrafes de Antonio Parra y Roberto Bolaño (…) para mí (el segundo) se trata de un autor referente, un autor totémico, tal y como para él lo fue Rulfo, y también para las nuevas generaciones; si bien tiene muchos detractores hay un aliento y una ruta que tiene trazada que me entusiasma bastante”.

Agrega en que no sabe si se trata de un libro inspirado en la figura bolañesca, aunque, sin duda, lo inspiro en buena medida el trabajo del chileno, ahonda en cuanto a la figuras y juegos que hacía el escritor de Una novelita lúmpen. En Un vaquero cruza la frontera en silencio “hay un personaje extraño, que si bien no mata a nadie, ni tampoco lo matan, es alguien para quien la tragedia es un destierro, en cierta forma, de su país, de su rancho, al que, sin bien, puede regresar al vencer la crisis económica se da cuenta que hay un problema estructural, que es el país, el cual está marcado por la violencia pero no puede volver. No tiene una tragedia griega y eso creo es algo de Bolaño en cierto sentido”, reflexiona Enrique Osorno.

Respecto a la violencia, comparte que si bien tiene libros que tratan el tema de manera explícita, son obras en las que tienen un papel determinante, ahora busca “hablar de la violencia, sin mostrarla, de ésa que es invisible y cultural como la discriminación”, tema que el autor considera muy bolañesca como en 2666, donde se relata la violencia que existe en la academia, aunque ésta se contrapone con la que existe en Ciudad Juárez, que es más tangible.

El espacio y entorno juegan un papel determinante en este libro de Osorno como lo muestra desde su primer capítulo, donde hace una descripción familiar y cercana al protagonista para crear empatía, que él decide nombrar como el “capítulo cero”, una particularidad que le sirve para mostrar que se trata de una obra “sanguínea”.

Para los próximos capítulos decidió “problematizar” la novela al enredarla, pues por un lado “estás en la crisis del 94 en México; luego en un rancho en los 50s; está el mundo de los sordomudos; la violencia en la frontera; las universidades gringas. Yo me divertía mucho con el juego, esto con la idea de que al lector le interese explorar diversos mundos. El pretexto es la historia de Gerónimo, pero termino hablando de mil cosas más”.

Al respecto del protagonista comenta que básicamente se dirigió solo, pues en el proceso creativo “la historia, más que ninguna otra de las que he escrito, estaba ahí; sólo me senté y la escribí y ya nada más la edité y se publicó; no es un libro tan pensado, tan estratégico, tan doloroso, fue un libro que salió naturalmente, quisiera que otros de mis trabajos salieran así”.

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